En mi atardecer
Intento de poema de Rodolfo Acosta Castro
Amo el atardecer con toda mi alma.
Lo amo, como uno ama a su amante,
con un amor profundo, irreductible.
Lo amo con todos mis sentidos,
con mi piel que la incipiente oscuridad acaricia,
con mis ojos que lo ven cambiar de tonos,
con mi olfato que respira sus aromas invariables,
con mis oídos que escuchan su indiferente silencio.
Las aves cantan al ocultarse el sol
lentamente en el cielo azul,
en el aire ardiente y ligero de la tarde opaca.
El pájaro noctámbulo surge al acercarse la noche,
la sombra negra que despacio cruza
el espacio celeste, y alegre,
ebrio por la enormidad oscurecida, y
profiere grito conmovedor pero aciago.
Siento que el día me incomoda y fastidia,
me parece largo, interminable.
Creo es feroz y escandaloso,
repleto de ruidos pocas veces agradables.
Despierto aburrido y me levanto sin brío,
visto mi cuerpo con desgano
y salgo de mi casa abatido,
con pensamientos que me fatigan
como si elevaran enorme carga,
con cada paso deseando sea el último,
con cada movimiento que me esfuerza,
sin gesto alguno, sin emitir palabra.
Pero cuando el sol amaga su descenso,
invade mi cuerpo un enigmático regocijo
y mi mente irrumpe en satisfacciones crecientes.
Me despejo y me reanimo
a medida que progresan las oscuridades,
parezco sentirme diferente, menos adulto,
más joven, más animoso, más enérgico,
más radiante de felicidad.
Veo al atardecer concentrarse lenta
pero cada vez más en las sombras,
en las dulces tinieblas desprendidas del cielo,
en la rauda lobreguez que amenaza opacar la ciudad,
como onda inaccesible y enigmática,
que esconde, oculta, disimula y borra,
destruye colores, matices y formas;
que subyuga casas, seres y estatuas,
con progresivo tacto.
Siento entonces tener ansia
de lanzar gritos de placer,
de correr sobre los tejados
y un vehemente deseo de galantear
inflama mi sangre siempre tranquila.
Salgo, algunas veces a caminar
por calles ensombrecidas,
y otras por los parques
cercanos de esta Córdoba
donde oigo pasear a otros seres,
cual cazadores furtivos, del amor.
Siento en el atardecer,
que todo aquello que se ama con pasión,
acaba siempre con dolor insufrible,
difícil de explicar porque conlleva
placer inmenso, arduo de olvidar.